Desaparecido es una sombra
filipinas

Desconocidos llegan en la noche para secuestrar y asesinar a las personas señaladas por el Estado.

escrito por mae paner

Esta calle era mi hogar. No un hogar según la definición estándar, sino según la mía. Tengo una pared, incluso tengo un suelo. Un perro callejero me cogió cariño y me hacía compañía. Él se convirtió en mi familia.

La vida me iba bien: una comida gratis al día que compartía con el perro, Bantay, me mantenía viva. Eso era todo lo que quería. Una comida gratis al día: ¡qué alegría, qué libertad!

Poco sabía yo que la palabra «libre» iba a adquirir otro significado un martes por la noche. Un grupo de motociclistas vino por mí. Estaba medio despierta; mientras miraba mi propia sombra, todo se volvió borroso. 

Me aferraba a lo que quedaba de mi comida. Todavía oía el chillido de las motocicletas. ¿Eso habrá sido un giro de 360 grados? ¿Fallaron al no dar conmigo la primera vez?

Entonces escuché tres disparos. No había manera de saber si me apuntaban a mí. Me parecía que sí. Vi sangre en el arroz derramado a mi lado, que se tintó de rojo.  

Por un breve momento, hubo un silencio ensordecedor mientras mi sombra desaparecía lentamente. ¿Me fui? ¿Estoy libre? ¿A quién le doy gracias por esta libertad?

Manila, Filipinas. Miles de personas han sido asesinadas o raptadas en el país como consecuencia de la «guerra contra las drogas» por parte del estado.

Mae Paner es una artista y activista creando conciencia sobre la guerra contra las drogas en Filipinas.  

¿Cómo se acomoda

la verdad?

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Juan tiene 27 años y estuvo desaparecido durante tres semanas. Lo sacaron de su trabajo como policía en un pueblo de Michoacán, en el centro de México. Lo amarraron. Lo golpearon hasta el desmayo. Lo tiraron pensándolo, quizá, muerto. Sus compañeros lo encontraron en un monte. Estaba agonizante, lleno de vómito y excremento. Estaba ciego. 

Durante un año su mamá ha intentado traerlo de vuelta a casa. Volverlo de ese lugar.

«Desaparecido es una sombra»
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María, mamá de Juan

«Mi hijo es otro hombre, ya no lo conozco, ya no sé quién es, lo perdí. Está dañado totalmente. Algo se murió, algo se murió dentro de él. Yo siempre crecí pensando que el hombre es fuerte, que la fuerza de la humanidad viene del hombre, eso creemos. Creo que en su alma algo se murió, que su muerte, no solo física de esos días, sino que a partir del tiempo que ha pasado, él se quedó ahí, ya no evolucionó, ya no volvió. Ya no estamos conectados, su abrazo lo siento frío. Algo se murió ahí.

Nosotros los conocimos de una forma, y es que, bueno, tampoco es para menos porque lo que vivieron. Ya nunca abre la ventana de su cuarto, tiene un colchón pegado a la ventana por si llegan balazos. Ya no lo voy a recuperar porque a él lo dañaron. A él ya no le importa morir porque ya se murió una vez». 

Nosotros los conocimos de una forma, y es que, bueno, tampoco es para menos porque lo que vivieron. Ya nunca abre la ventana de su cuarto, tiene un colchón pegado a la ventana por si llegan balazos. Ya no lo voy a recuperar porque a él lo dañaron. A él ya no le importa morir porque ya se murió una vez».

carolina astorga, hermana de Roberto
buscó en Chihuahua, Chihuahua

Recibí la llamada cuando yo iba en el tren, iba a Sinaloa a buscar un trabajo. En mi corazón dije: «Mi hermano». Sentí que me faltaba el aire, me sentía mal y a la vez como una paz.

Mi hermano había desaparecido ocho años antes, fuimos a denunciar y nos pidieron ADN de mi mamá y mi papá, para que sea correcto, pero mi papá nunca quiso ir y mi mamá por miedo se negó. Al final fui yo quien dio la sangre. Y salió positivo. Lo encontraron. Me sentía sorda, escuchaba la voz al otro lado del teléfono como si estuviera muy lejos, lo primero que pensé fue en mi madre, «¿cómo le voy a decir?». 

A mi hermano lo encontraron a los 15 días de que falleciera. Lo encontró un ejidatario de ese rancho, estaba buscando vacas y encontró los restos quemados; a mi hermano lo quemaron, no sé si vivo o si ya muerto. Me entregaron cinco, seis pedazos de huesos. De mi hermano. Yo los vi cuando los sacaron de la bolsa. Los sacaron de la fosa, del panteón, pero no me dejaron tocarlos. Todos traían sus guantes, su cubrebocas. Yo siempre dije, aunque fuera una uña, quiero darle un abrazo, no le tenía asco al hueso. A lo mejor todos ellos con cubrebocas y guantes, pero yo no. Era mi sangre, mi hermanito.

A mi hermano lo encontraron a los 15 días de que falleciera. Lo encontró un ejidatario de ese rancho, estaba buscando vacas y encontró los restos quemados; a mi hermano lo quemaron, no sé si vivo o si ya muerto. Me entregaron cinco, seis pedazos de huesos. De mi hermano. Yo los vi cuando los sacaron de la bolsa. Los sacaron de la fosa, del panteón, pero no me dejaron tocarlos. Todos traían sus guantes, su cubrebocas. Yo siempre dije, aunque fuera una uña, quiero darle un abrazo, no le tenía asco al hueso. A lo mejor todos ellos con cubrebocas y guantes, pero yo no. Era mi sangre, mi hermanito.

Fue lo más difícil de mi vida, las capillas de la funeraria llenas, familias enteras. En mi capilla, yo sola, el ataúd solo. Yo sabía lo que tenía ese ataúd. Ese ataúd tenia cinco huesitos de mi hermano. Luego llegó mi mamá, luego me acompañaron otras compañeras de mamás de desaparecidos. Un hermano de mi madre comentó «a lo mejor hay hasta huesos de vaca ahí». Yo no dije nada, yo me reservo, mi dolor es mío.

Ya pasó un año que me lo dieron, voy muy seguido al panteón. Me siento tranquila porque platico con él, sé donde está y si quiero reírme, bailar… Me refugio en él, es lo único que tengo. «Ya llegué, hermano, vengo de latosa a platicar contigo». Antes mi hermano era una angustia, ahora es un refugio.

Antes lo soñaba mucho en los arroyos y siempre de espaldas y le gritaba «hermano, hermano» y no volteaba. Y ahora cuando lo sueño, lo sueño riéndose y diciéndome «ya, tranquila hermana», y ahora sí lo veo, logro verlo sonriendo. Y yo siento que le cumplí mi promesa, de que lo iba a encontrar.

Pero la verdad a veces duele mucho, no es como un cree que la verdad da paz. Antes hacíamos fogatas, porque soy de rancho. Hacíamos fogatas, quemábamos llantas, jugábamos con la lumbre, ahorita no quiero ni cocinar. Enciendo la estufa, me salta el aceite y pienso en él, imagino qué le hicieron, si él estaba vivo, si ya no... Ahorita no puedo guisar una carne molida con papitas, picadillo, no puedo. Me da miedo.

¿Cómo hablar del fuego ahora, cómo habitar estos paisajes?

Mira el documental completo aquí
Desaparecido

es un lugar

escrito por DANIELA REA
En colaboración con 10 Fellows del Fondo Resiliencia
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